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Por Fabio Escalante

5 de octubre 2023

Mientras corría mis últimos kilómetros de entrenamiento para la siguiente maratón de mi vida, una luz vino a mi mente y me enseñó “La otra maratón”, la que se corre bajo los mismos zapatos que llevo, en los mismos pasos, al mismo ritmo, con la misma agitación, dentro del mismo trayecto y guardando la misma línea mía durante 42 kilómetros.

En mi egoísmo solo recuerdo aquella batalla diaria por levantarme de madrugada, el reto mental de entrenar contra mis propios límites, de escuchar las indicaciones de mi entrenador y procurar seguir al pie de la letra sus palabras mientras mi fuero interno grita “que cansao”.

En mi egoísmo solo reviso el plan de entrenamiento para ver “lo que toca hoy”. Pienso en la dieta, en el desayuno y almuerzo, en el fondo del sábado y en mi único deseo de poder sumar kilómetros para sentirme cada día mejor. Pienso en mí… solamente en mí.

Sin embargo está “La Otra Maratón”, la que se corre como mi sombra y que en mi egoísmo nunca he valorado. 15 veces he pasado esa meta y nunca la luz había llegado a mí para saber que hay otra maratón. “La Otra Maratón” – ¡Qué obtuso!

Hay una persona que me mira entrenar, que invierte horas haciendo mi plan de entrenamiento, lo borra, lo repite, lo vuelve a borrar y lo corrige; lo aplica y vuelve a aplicar, solo me mira, baja la cabeza asintiendo pero no como aprobación de lo que hago sino porque ha entendido lo que debe agregar, quitar, mejorar en mi plan de entrenamiento para que yo tenga una mejor salud física y mental.

Esa, “La Otra Maratón” que él corre meses antes que yo, mi técnico, estudiándome, comprendiendo mis limitaciones, mis quejas, mis potencialidades, mi fuerza y debilidad mental, tratando de encontrar el algoritmo que le permita dar con la fórmula exacta para que yo, primero mejore mi salud y en segunda instancia pueda disfrutar de mi maratón.

Invierte meses…

Semanas…

Días…

Horas… de madrugada esa luz le despierta con una idea y la trabaja por minutos ahí mismo.

Mientras yo solo duermo y al día siguiente solo me fijo “Qué toca mañana”.

¡Qué egoísta soy!

Cuando viene el día de la maratón es el primero en tener mariposas en el estómago, pero no porque pueda terminar primero que los Kenyanos, sino porque quiere que me vaya bien, que cierre fuerte y sonriente, que haya braceado correctamente, inclinando mi cuerpo para correr sin esfuerzo, levantando la barbilla y los talones… ¡ah, y sonriendo!

Ese es el video mental que mi entrenador tiene el día de mi maratón, en la que yo voy como príncipe corriendo con seguridad por lo aprendido, por lo entrenado, por la fórmula correcta que él encontró, por ese algoritmo que dedujo aquella madrugada.

Yo me llevo el apoyo de la gente a la vera del camino, la explosión de alegría tras correr 42 kilómetros, pasar la meta como si fuese el primero de todos y dejarme la medalla…

la medalla… la que debería ser para él … para mi entrenador;

aquel quien al verme cruzar la meta, revisa mi estado físico primero, mis registros, los tiempos, el proceso de carrera y vuelve a asentir… no como aprobación de lo que hice, no, eso ya pasó… ahora lo hace porque sabe que sigue, que es lo que viene…

y feliz sabe que viene otra vez más meses planeando, más días observando, más madrugadas en vilo, para hacerme más feliz, mientras yo… yo luzco la medalla y me voy de paseo.

¡Qué egoísta soy por no ver “La Otra Maratón”!

P.D.: Y tras de eso, además me felicita, como si el logro fuera solo mío.

Gracias Coach Álvaro María Jiménez Carvajal. CHI RUNNERS.

15 maratones, 15 abrazos de agradecimiento tras cada meta, porque cambiaste mi vida.

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